Camila

Jue, 16/09/2010 - 20:00 - Lun, 22/11/2010 - 20:00 Veronika Marquez
Verónika Márquez "Camila II". 94x140 cm. Tintas pigmentadas. Edición de 5
Verónika Márquez "Camila IV". 94x140 cm. Tintas pigmentadas. Edición de 5
Verónika Márquez "Camila V". 94x140 cm. Tintas pigmentadas. Edición de 5
Verónika Márquez "Camila VI". 94x140 cm. Tintas pigmentadas. Edición de 5
Verónika Márquez "Camila X" 60x90 cm. Tintas pigmentadas. Edición de 5
Verónika Márquez "Camila XI". 94x140 cm. Tintas pigmentadas. Edición de 5
Verónika Márquez "Camila XII" . 94x140 cm. Tintas pigmentadas. Edición de 5
Verónika Márquez "Camila XIII". 94x140 cm. Tintas pigmentadas. Edición de 5

Veronika y Camila cuidan de las plantas, se acuestan en la misma cama, se contemplan, coinciden en la cocina. Son hermanas, amantes, amigas. Están obligadas a convivir por siempre juntas, como en las fotografías de Diane Arbus, Gemelas idénticas (New Jersey, 1967), o Dos muchachas con trajes de baño (Coney Island, 1967).
Hay una sutil narración, un hilo de seda enhebra las imágenes en que dos mujeres van aprendiendo a penetrarse. Ha llegado la hora de encender un cigarrillo, sentarse una frente a otra y contarse sus vidas. La conversación que parece comenzar podría asemejarse a la que Paul Auster creó para María y Lillian en Leviatan. La fotógrafa María Turner, personaje de ficción que encarna a la artista Sophie Calle en el libro de Auster, se encuentra, en los juegos que la artista crea para alterar las reglas del azar, con Lilian Stern una antigua amiga de la infancia que se gana la vida como prostituta.
El reencuentro desliza a María en un peligroso intercambio de pieles. En el Instituto habían sido casi inseparables, dos chicas raras que luchaban juntas para atravesar la adolescencia, que planeaban su huida de la vida en la pequeña ciudad. María había sido un poco más seria, la intelectual callada, la que tenía dificultad para hacer amigos, mientras que Lillian había sido la chica con mala reputación, la alocada que se acostaba con todos, tomaba drogas y hacía novillos. Por todo ello, eran aliadas inquebrantables y, a pesar de sus diferencias, era mucho más lo que las unía que lo que las separaba.1 Tras leer Leviatan no sabemos quién es la mujer real, si la fotógrafa Sophie Calle o su alter ego literario María Turner. Después de Leviatan, Sophie firmó un pacto con Auster por el que adoptó comportamientos del personaje literario para una de sus performances.
Camila, recostada sobre un sillón tapizado de rojo intenso, parece comenzar a perder la paciencia, frente a Veronika que no termina de atreverse a mostrarse desnuda a sus pies, me evoca, actualizada en el desnudo conquistado gloriosamente, a la Olimpia de Manet. Y por contrapeso de la representación de dos mujeres, a la alegoría de Tiziano, Amor sacro y amor profano. La obra de Tiziano tiene una interpretación moralista tardía, que se debe al título dado en el siglo XVIII. Con una misma modelo se representa a dos mujeres sobre el sarcófago de Adonis. Venus resplandeciente, desnuda, y Polia, enfáticamente vestida en tonos blancos. El lienzo tiene otras lecturas al igual que ha tenido otros títulos: Tres amores, amor terrenal y divino, siendo el amor terrenal la mujer cubierta, aferrado a lo pasajero de las flores y de las gemas y el amor divino, más puro, la Afrodita desnuda, triunfante, superior, con la lamparilla que le une a lo sublime. Cada época le ha otorgado su título y su explicación. El vídeo en el que Camila/Veronika se transforman en la otra ante un espejo orlado de luces de camerino, nos habla de que nada es más engañoso que un reflejo en el espejo, que nos confunde por su verosimilitud. Frente al espejo no se desnuda, se metamorfosea en la otra. Leonardo en el Tratado de Pintura indica cómo se dibuxarán las mujeres: Las mujeres se representarán siempre con actitudes vergonzosas, juntas las piernas, recogidos los brazos, la cabeza baxa, y la vuelta ácia un lado.2 Porque las que no son santas o vírgenes, son putas y a las putas, igual que a las viejas, se las representa de otra manera. En el vídeo Santoral del sábado, Veronika recita al poeta mexicano Jaime Sabines como un salmo, como una sacerdotisa, que se desnuda al tiempo que reza, como hetaira sabia y antigua, incluye a Camila en los nombres de mujer -Betty, Lola y Margot- invocados por el poeta. Veronika Márquez parece desnudarse en Camila, pero el orden establecido en esta serie es un juego cuyas reglas más profundas sólo conoce la autora.
No es un ejercicio de justificación, ni solicitud de comprensión, ni siquiera de complicidad con el espectador. Es un encuentro con su propia memoria. Veronika es el rostro de la vera icon, mas Veronika es la que soporta el lienzo que representa a otro. Así ella, en un ambiente casi aséptico, onírico, de clínica de desintoxicación, se enfrenta a la imagen de la otra, de Camila que parece la entregada al sacrificio. Pero el sosiego con el que conviven, el hieratismo de esfinge, genera una sabia ambigüedad, no hay reto, no hay lucha, no hay renacer, solo aceptación. En Canonicemos a las putas, Sabines logra pulverizar el arquetipo de la representación, como sólo la poesía descubre un relámpago que ilumina: Has educado tu boca y tus manos, tus músculos y tu piel, tus vísceras y tu alma. Sabes vestir y desvestirte, acostarte, moverte. Eres precisa en el ritmo, exacta en el gemido, dócil a las maneras del amor .3 Otros, con más desenfado, escribieron una fábula con moraleja: No culpemos a nadie, que el pecado es de todos. Vayámonos en silencio y llevando a rastras el fantasma de nuestra maltrecha conciencia...El que esté limpio de pecado que tire la primera piedra sobre la mujer. Absténgase los señalados por Cristo: el mentiroso, el prevaricador, el usurero, el perjuro, el hipócrita, el mal amigo, el mal hijo, el falsario, el desleal, el soberbio, el lujurioso, el intrigante, el calumniador, el intolerante, el vengativo, el orgulloso, el pedante, el cruel...4 Camila es un ejercicio de duplicación que se encuadra dentro de un espacio más amplio de representación de género. A la mujer se la ha cubierto con velos para ocultarla de los demás y de ella misma. Sólo en la desnudez de Eva es ella misma. El gesto de dolor de la Eva en la capilla Brancacci en Santa Maria del Carmine en Florencia, es el de aquella que comprende que expulsada del paraíso, sólo podrá sobrevivir si cubre su cuerpo de diosa. El diálogo comenzado al encenderse el cigarrillo, entre Camila y Veronika, me recuerda a la fotografía de una partida de ajedrez en el Pasadena Art Museum en la que Marcel Duchamp se enfrenta a Eva Babitz desnuda, y al fondo se recorta el gran vidrio, en la que el artista nos recuerda que la vida es una partida, que las reglas del juego están impuestas, las fichas repartidas, pero la pasión simbólica hace el resultado siempre impredecible. Carmen Dalmau 1.Paul Auster. Leviatan. Anagrama. 2.Leonardo da Vinci. Tratado de la pintura. 3.Jaime Sabines. Canonicemos a las putas. Santoral del sábado. 4.Camilo J. Cela. Izas, Rabizas y Calipoterras.

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