El cuerpo vulnerable

Jue, 25/11/2010 - 20:00 - Jue, 03/02/2011 - 20:00 Victoria Diehl
Sin título. 2007. [125 x 135 cm]  fotografía digital positivado sist. Lambda / Montaje sobre metacrilato mate + aluminio dorsal + Marco de madera R240 negro
Sin título. 2007. [125 x 135 cm]  fotografía digital positivado sist. Lambda / Montaje sobre metacrilato mate + aluminio dorsal + Marco de madera R240 negro
Sin título. 2007. [125 x 192 cm]  fotografía digital positivado sist. Lambda / Montaje sobre metacrilato mate + aluminio dorsal + Marco de madera R240 negro
Sin título. 2007. [125 x 192 cm]  fotografía digital positivado sist. Lambda / Montaje sobre metacrilato mate + aluminio dorsal + Marco de madera R240 negro
Sin título. 2007. [125 x 192 cm] fotografía digital positivado sist. Lambda / Montaje sobre metacrilato mate + aluminio dorsal + Marco de madera R240 negro
Sin título. 2007. [125 x 192 cm]  fotografía digital positivado sist. Lambda / Montaje sobre metacrilato mate + aluminio dorsal + Marco de madera R240 negro
Sin título. 2007. [125 x 192 cm]  fotografía digital positivado sist. Lambda / Montaje sobre metacrilato mate + aluminio dorsal + Marco de madera R240 negro
Sin título. 2007. [125 x 192 cm]  fotografía digital positivado sist. Lambda / Montaje sobre metacrilato mate + aluminio dorsal + Marco de madera R240 negro
Sin título. 2007. [125 x 192 cm]  fotografía digital positivado sist. Lambda / Montaje sobre metacrilato mate + aluminio dorsal + Marco de madera R240 negro

La obra de Victoria Diehl ha sido puesta en relación con el mito clásico de Pigmalión, la historia que vio la luz en Occidente a través de las Metamorfosis de Ovidio.

Por medio de una intervención sobrenatural, el joven escultor, enamorado de su obra, consiguió vivificar su creación, abriendo camino tanto a la especulación filosófica como a la imaginación popular.

No es la primera vez en la historia de la Humanidad, y tampoco será la última, que las esculturas adquieren vida o que, al contrario, los seres humanos puedan trasformarse en piedras.

La mujer de Lot, castigada a la salida de Sodoma, constituye quizá el ejemplo más conocido de la trasfiguración de un ser humano en una escultura de sal.

¿Su delito? Haber vuelto la mirada, con nostalgia de lo perdido, en la misma puerta de la ciudad que debía ser aniquilada.

La historia de esta mujer de quien los textos bíblicos no mencionan siquiera el nombre, encuentra de nuevo equivalente en las vicisitudes de Eurídice a la salida del Infierno, cuando Orfeo, que no pudo soportar la tentación de girarse para mirarla, consumó al mismo tiempo su destino y la destitución de su amada.

El particular bestiario de Victoria Diehl no apela, sin embargo, ni a la mitología ni a la leyenda. Su fuerza no radica ni en la recreación visual de una historia remota ni en las modificaciones visuales de una leyenda revivida. Su obra solo comparte con estos relatos su pasión por los espacios intermedios y los objetos imposibles.

En la recreación de su universo imaginario, no hay además nada que pueda considerarse propiamente una transformación o contemplarse desde esa perspectiva.

El sentido teleológico del mito, que conduce a una sucesión de estados, ―de la carne a la piedra, de la piedra a la carne, de la vida a la muerte, o de la muerte a la vida― está ausente en su composición, marcada no por el movimiento, sino por la convicción del instante.

No hay en sus fotografías ninguna figuración que resuelva el enigma ni bajo el hechizo de la derrota ni bajo el manto de la nostalgia.

Galatea, el nombre con el que la escultura de Pigmalión comenzó a ser conocida en el siglo ilustrado, no tiene cabida en la obra de Victoria Diehl.

La educación sensorial de la estatua, que dio lugar a no pocas recreaciones sicalípticas, no existe ni en el fondo ni en la forma de sus regiones fronterizas.

La profesión de Victoria Diehl no consiste en recrear el mito, sino en reivindicar un instante fusionado, inscrito en la carne y descrito en la piedra.

La mirada de la artista no se dirige al proceso, sino al objeto. No se resuelve, sino que se instala de manera obscena y obsesiva en la duda, y más que en la duda todavía, en el objeto de su reflexión: la incertidumbre.

La obra de Victoria Diehl reivindica el espacio liminar, la región fronteriza, de las especies intermedias y los seres imposibles. Su fotografía trabaja en la distancia media entre lo contemporáneo y lo clásico, lo de antes y lo de ahora, lo vivo y lo muerto, lo animado y lo inerte, lo interior y lo exterior, la salud y la enfermedad.

Pero sus fuentes dicotómicas no resuelven nunca el conflicto de la identidad o de la diferencia.

Esa es la clave.

Uno querría saber, saber más; encontrar alguna grieta que permitiera salir de un espacio al mismo tiempo atrayente y asfixiante.

En eso se percibe la modulación propia del dolor del siglo XXI: la profesión de incertidumbre, la cronicidad pétrea de nuestra nostalgia histórica.

La contemporaneidad se resuelve de parte de nuestro miedo más atávico: la impresión que Victoria Diehl comparte con otros muchos creadores, de que el fondo de la caverna en que habitamos no reina la oscuridad, sino las sombras: hombres que parecen cosas y cosas que parecen hombres.

Coloquemos a un lado el mundo duro y seco de las piedras y en el otro el mundo húmedo y blando de la carne. Buscamos una relación de contigüidad entre la modulación cultural de la roca y la expresión natural del cuerpo. Pero en las fisuras de esa hibridación no hay nada que tenga que ver con la agalmatofilia. No late en las texturas de sus imágenes la pasión heterodoxa de la sexualidad elusiva. Sus seres, ―que recuerdan vagamente imágenes conocidas de nuestro acervo cultural, pero también el universo de la mirada clínica―, comparten los rasgos propios de los seres imaginarios de los bestiarios medievales.

Como en la más antigua tradición teratológica, estos cuerpos, al mismo tiempo imposibles y fotografiados (es decir: testificados), están compuestos de restos y fragmentos de especies disímiles y partes heterogéneas. Los pobladores del universo sensorial de Victoria Diehl no son completamente infrecuentes ni totalmente desconocidos. Por el contrario, sus elementos nos resultan al mismo tiempo próximos y lejanos. Están hechos, como nosotros, de partes heterogéneas. Algunas están vivas. Otras muertas. En algunas ocasiones, la piedra parece conquistar la carne como un melanoma no siempre sombrío.

En otras tantas, es la carne la que, testigo mudo de nuestra historia cultural, coloniza el espacio material, instalándose en los intersticios dermatológicos de la piedra a la manera de una dermatitis atópica. En la coloración y la textura de la epidermis afloran los rasgos propios de la plenitud ontológica. La piel no es un espacio vacío, sino una realidad vivificada repleta de signos identitarios y marcas expresivas.

El testigo adquiere en este caso los rasgos distintivos del espectador imparcial.

Frente a otras formas expresivas, la fotografía parece ganar distancia emocional y cognitiva; retrata no de acuerdo con intereses y percepciones subjetivas, sino a través de supuestos procedimientos automáticos.

La objetividad mecánica, que genera convicción, hace ver lo retratado no como un producto de la imaginación, sino como un objeto descrito de acuerdo con las reglas de su simplicidad ontológica. La contraposición entre la certidumbre de la técnica y la incertidumbre del objeto confiere a la obra de Diehl un aura de perplejidad que, muy probablemente, no podría haberse alcanzado por otros medios plásticos.

En su universo emocional se fusiona la obligación de no resolver las dudas, de no permitir descanso, de sostener con firmeza pétrea la representación de un espacio inestable, de un lugar imposible y asfixiante, demasiado cercano, demasiado próximo, demasiado bello.

De eso no hay duda. Las propiedades inmateriales de los objetos, que marcan en su complejidad los destinos de nuestro mundo contemporáneo, se funden con las rasgos materiales de los sujetos: la historia del cuerpo se confunde con la representación del mercado, con la devoción sacralizada del tráfico de reliquias, con la adoración medieval de las estatuas, con la acumulación de fetiches, pero también con la vida material de los cuerpos, con la trata de blancas, con la cosificación y el tráfico de personas.

Lejos del bosque medieval, del desierto antiguo, del océano moderno, el cuerpo contemporáneo, al mismo tiempo brutal y refinado que retrata Victoria Diehl, obliga a contemplar la incertidumbre de los espacios intermedios, los miedos atávicos de la prefiguración asfixiante del dolor y de la muerte, pero también la fuerza incontenible de la vida, la tentación de lo imposible, el deseo de irrealidad, la efusión, la huída de lo próximo a favor de lo quimérico.

Javier Moscoso
Profesor de Investigación / Curator
Consejo Superior de Investigaciones Científicas

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