Fallas

Jue, 20/09/2012 - 20:00 - Vie, 16/11/2012 - 20:00 María Alché
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No es extraño que María Alché –actríz, directora de cine- irrumpa en el círculo de las artes visuales con estas microficciones autobiográficas: Fotos familiares de una generación pasada -olvidadas, encontradas- en las que ella misma se incluye alterando la línea temporal. Películas de un solo fotograma: ficciones, porque en la reelaboración de la imagen sus abuelos ya no son sus abuelos sino los abuelos que ella pergeña desde un presente en el que el documento pasa a ser relato.

La paradoja es tan vieja como la oralidad. Podemos encontrar antecedentes en la pintura de Velázquez y en la literatura de Borges, en los experimentos que artistas y videastas vienen haciendo en materia cinematográfica, incluso en grandes producciones como la saga de Regreso al Futuro. Ahora, dado el caso, mejor dejar en paz el pasado.

María, de niña, pasaba largos ratos en el laboratorio que su padre, geólogo, tenía montado en un cuarto de la casa. La experiencia del revelado era vívida como un juego familiar, un aprendizaje que luego le dio paso a sus estudios de cine y actuación. Su cortometraje, Noelia, fue galardonado en el último Festival de Cine de Buenos Aires –BAFICI- y su actuación en La Niña Santa, dirigida por Lucrecia Martel, la llevó al Festival de Cannes en 2004. Sin embargo, ni la práctica formal, ni los lauros obtenidos le quitaron, a sus ojos, la mística original del proceso fotográfico.

Las vacaciones de sus abuelos alrededor del mundo, el casamiento de Bencho, las siestas de verano en la casa de fin de semana, papá con el uniforme del colegio, mamá embarazada: Ella mira las imágenes de un tiempo de esplendor buscando los vacíos, las siluetas fuera de foco, la sombras de quien quedó fuera de cuadro; signos erráticos de lo único real: lo inesperado. Luego proyecta las imágenes en diapositivas para interactuar, dentro de esa ventana metafísica que es la foto, con los fantasmas. Cuida los detalles asimilando luz, vestuario, y se vale de efectos especiales caseros, como el ventilador que le vuela los pelos igual que a su abuela la brisa del mar muerto. La artista se funde en la escena y el acto es captado en toma directa que a su vez luego es reelaborada digitalmente hasta que consigue el desteñido propio del tiempo.

El verosímil activa en el espectador el mecanismo emotivo del mirar la foto. No estamos ante una obra de arte, estamos ante la vida. Recién entonces la obra alcanza otro estadío, el de la performance. Ella se vale de la técnica histriónica para acceder a ese terreno entre dos campos sin nombre, un espacio en el que  deambula con cautela, ingrávida, expectante, con la expresión en grado cero, dejando una estela de consciencia plena.

Su estado revela la realidad operativa de la documentación fotográfica doméstica. Queda expuesta la manía contemporánea del archivo, el deseo arcáico de preservar un momento, la ya nada inocente pretensión de fabricar un recuerdo, diseñarlo y conservarlo para siempre. María no confronta, en todo caso honra el fenómeno. Que la identidad y la Historia son construcciones no es ninguna novedad. El asunto es no olvidarlo.

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